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martes, 20 de marzo de 2012

¿TIENE ISRAEL UN DERECHO DIVINO SOBRE EL TERRITORIO QUE OCUPA?


Muchos evangélicos -- probablemente la mayoría, por lo menos en los EUA -- defienden desde la Biblia al actual estado israelí. Por los mismos argumentos, rechazan los reclamos palestinos de una parte del territorio que antes ocupaban.  Estos evangélicos ven la formación del estado israelí como un evidente cumplimiento profético, maravilloso e impactante, y hasta una prueba de la veracidad de la Biblia. Es, para ellos, también una señal de la pronta venida de Cristo. En esa teología sionista-evangélica, "Israel es el reloj de Dios".

En cuanto a este tema, hay algo que me sorprende mucho: ningún pasaje del Nuevo Testamento enseña tal cosa. Jesús profetizó la destrucción de la ciudad de Jerusalén por los romanos (Mr 13; Lc 21; Mt 24), pero no procedió a anunciar la reconstrucción de esa ciudad, mucho menos el establecimiento de un futuro estado israelí. Según la versión en San Lucas, después de su destrucción "los gentiles pisotearán a Jerusalén, hasta que se cumplan los tiempos señalados para ellos" (Lc 21:24), A eso sigue, en los tres evangelios sinópticos, no un estado israelí sino el retorno de Cristo. Eso me parece muy significativo.

¿Cómo es posible que las escrituras hebreas (Antiguo Testamento) digan una cosa, y las escrituras cristianas (Nuevo Testamento) digan otra cosa? Quiero hacer unos comentarios al respecto, sin pretender agotar el tema y las evidencias al respecto.

Son numerosos los pasajes del AT que prometen tierra a Israel. A inicios de la historia de la salvación, Dios llama a Abraham a "la tierra que te mostraré" (Gén 12:1,7) para formar ahí un pueblo como una nación grande (12:2; 18:18).[1] Los defensores evangélicos del sionismo citan una larga cadena de textos muy explícitos:

Yo te daré a ti [Abram] y a tu descendencia, para siempre, toda la tierra que abarca tu mirada... Ve y recorre el país a lo largo y lo ancho, porque a ti lo daré. (Gén 13:15,17; cf. 17:8; 48:3-4)

Tú les prometiste [a Abraham, Isaac y Jacob] que a sus descendientes les darías toda esta tierra como su herencia eterna. (Ex 32:13)

Tal como le prometí a Moisés. yo les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies. Su territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, y desde el gran río Éufrates, territorio de los hititas, hasta el mar Mediterráneo, que se encuentra al oeste. (Jos 1:3-4; cf. Deut 11:24-25; cf. 34:4)

¿No fuiste tú quien les dio para siempre esta tierra a los descendientes de tu amigo Abraham?  (2Cron 20:7; cf. Esd 9:12)

Cf. entre muchos otros textos Isa 34:17; Jer 7:7; 25:5; Ezq 37:25; Joel 3:20

Siendo tan enfática y tan repetitiva esta enseñanza de las escrituras hebreas. ¿cómo podemos explicar su ausencia en las escrituras cristianas, aun cuando Jesús profetiza la destrucción de Jerusalén? En los tiempos del NT, toda la tierra de Israel estaba ocupada por el imperio romano. Después de la caída de Roma, pasaron largos siglos, hasta el XX, sin existir ningún estado israelí sobre la faz de la tierra. Si la promesa fue "para siempre". ¿cómo pueden caber tales paréntesis de muchos siglos en una promesa supuestamente perpetua?

El requisito primero e indispensable para entender el AT es el de siempre interpretarlo en primer lugar dentro de su propio contexto y sólo después en el contexto del NT o del Siglo XXI. Eso debe aplicarse a la semántica de su lenguaje, la problemática a que responden sus afirmaciones, y el contexto de cada pasaje. Comencemos con un detalle importante en cuanto al idioma hebreo.

Aunque parezca extraño, el idioma hebreo no contiene la palabra "siempre" en su vocabulario, ni mucho menos la palabra "eterno".[2] Para esa idea empleaba mayormente la frase "por los siglos" o "por los siglos de los siglos" o frases similares. La idea básica de "siglo" (yoLaM en hebreo) es "un tiempo largo", a menudo "pasado remoto" o "futuro remoto". Puede ser un período largo sin principio ni fin ("el Dios sempiterno", Deut 33.27), pero también largo con principio (desde pasado remoto) o con fin (hasta un futuro remoto).[3] La ocupación por Israel de Palestina tuvo un principio y puede tener un fin, en lo que al adjetivo "siempre" se refiere. Por eso, la palabra "siempre" o términos similares en las promesas de tierra no significan necesariamente que dicha promesa constituye un "título de propiedad" para el actual gobierno israelí.
 
Un pasaje revelador para este tema está en Jeremías 31:

Vienen días -- afirma el Señor --
en que haré un nuevo pacto con el pueblo de Israel y con la tribu de Judá.
No será un pacto como el que hice con sus antepasados...
ya que ellos lo quebrantaron a pesar de que yo era su esposo...

Así dice el Señor,
cuyo nombre es el Señor Todopoderoso,
quien estableció el sol para alumbrar el día,
y la luna y las estrellas para alumbrar la noche,
y agita el mar para que rujan sus olas:

Si alguna vez fallaran estas leyes
-- dice el Señor --
entonces la descendencia de Israel
ya nunca más sería mi nación especial.

-- Así dice el Señor --
Si se pudieran medir los cielos en lo alto
y en lo bajo explorar los cimientos de la tierra,
entonces yo rechazaría a la descendencia de Israel
por todo lo que ha hecho
-- afirma el Señor --.
                                                               (Jer 31:31-32, 35-37)

Este pasaje interpreta proféticamente dos pactos divinos. La primera promesa, en prosa, anuncia un nuevo pacto de Dios con Israel, y específicamente con Judá. Éste nuevo pacto, de carácter ético-espiritual, reemplazará al viejo pacto, anulado por la desobediencia del pueblo (31:32). La segunda promesa, en verso, asegura, en los términos más enfáticos, la existencia "eterna" de la nación judía, co-extensiva con la duración del pacto de Dios con la creación (Gén 1:16; 9:8-13).[4]

La primera promesa, del nuevo pacto, se cumple muy explícitamente en la última cena del Señor, cuando declara, "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre... que es derramada por muchos para perdón de pecados" (1 Cor 11:25; Mat 26:28; Luc 22:20; Mat 26:28). Pero, ¡qué sorpresa!, Jeremías no hubiera reconocido este cumplimiento de su profecía. Aquí no hay nada del pueblo de Israel ni de la tribu de Judá, ni de escribir la ley en los corazones. Ahora el nuevo pacto tiene un contenido totalmente diferente. Es un pacto en la sangre derramada del Mesías, de lo que Jeremías no parece haber sabido nada. Es un pacto para la remisión de pecados, algo medular al sentido de la muerte de Jesús pero ausente en la promesa original de un nuevo pacto.

Es indispensable -- ¡estrictamente obligatorio!, ¡urgentemente imperativo! -- interpretar a cada pasaje del Antiguo Testamento en su contexto histórico, como mensaje profético a sus contemporáneos y no primeramente a nosotros. Jeremías, como los demás profetas en general, quiso comunicar a sus oyentes un mensaje de amonestación y esperanza, de denuncia y anuncio.  Si Jeremías hubiera dicho, por revelación divina, "Dios hará un nuevo pacto a un nuevo pueblo, redimido por la sangre del Mesías, y ese pacto se celebrará en algo nuevo que va a llamarse 'iglesia'", no hubiera comunicado a sus contemporáneos el mensaje que ardía como fuego en sus huesos.

Ni Jeremías ni ningún otro profeta hebreo tenían la menor idea de una "segunda venida" del Mesías, largo tiempo después de su primera venida, ni de una nueva comunidad que iba a llamarse "iglesia" que existiría entre la primera y la segunda venida.  Si entendemos que la esencia de la profecía no era la predicción futurista sino la exhortación y exigencia, entenderemos también que anuncios de la futura existencia de la iglesia o de una segunda venida del Mesías más bien hubiera bloqueado seriamente la comunicación del mensaje. Eran verdades que en ese momento no hacían falta.

Básicamente lo mismo puede decirse de Jer 31:35-37. En primer lugar, debemos tomar en cuenta que estos versículos son una expresión poética, con alguna dosis de hipérbole, de la fidelidad de Yahvéh para con su pueblo.[5] E igual que el nuevo pacto, Dios lo ha cumplido pero no como Jeremías lo entendía o lo esperaba. El NT describe la iglesia como nación santa, tesoro especial, pueblo de reyes y sacerdotes, y otras atribuciones del pueblo de Dios. San Pablo afirma que los verdaderos hijos de Abraham son los hijos de su fe, sean judíos o gentiles, y que los creyentes incircuncisos tienen la circuncisión del corazón. Con este nuevo "Israel de Dios" (Gál 6:16) el "Israel" se ha expandido y internacionalizado.

A San Pablo, como fiel judío hasta su muerte, le dolía profundamente la condición de su pueblo (Rom 9:2-5; 10:1). Apelando al concepto profético del "remanente", Pablo afirma que "Dios no rechazó a su pueblo, al que de antemano conoció" (Rom 11:1-2) y que "luego todo Israel será salvo" (11:26). Así queda claro que Dios no ha abandonado a Israel, y que la nación judía sigue presente ante él. Pero una cosa es la nación y otra cosa es el estado. Durante la mayor parte del tiempo después de Jesús, Israel ha sido una nación pero no ha tenido un estado ni ha ocupado territorio. La promesa de Dios sigue fiel, pero en ningún pasaje del NT esa fidelidad de Dios incluye un estado político y un territorio geográfico, ni mucho menos un ejército armado hasta los dientes.  Eso es impresionante porque en la época del NT Israel era colonia de Roma, y otros movimientos sí anunciaban la restitución de un gobierno judío independiente.

La actitud hacia el judaísmo en el NT parece ser ambivalente. Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, era también judío de nacimiento, palestinense de origen, pero tenía otra actitud. Describe a los judíos de Esmirna y los de Filadelfia como "sinagoga de Satanás", aparentemente por su colaboración con el satánico imperio romano y por haber delatado a los cristianos ante las autoridades romanos. El mismo Jesús, en su polémica contra los poderosos líderes judíos, exclamó, "Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará a ustedes y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino" (Mat 21:43).

Conclusión: Los cristianos/as debemos interpretar los textos del AT dentro de su propio contexto original y la semántica de su lenguaje (como p.ej. el término "siempre"), y después buscar su reinterpretación en el NT, a la luz de la venida del Mesías, su segunda venida y el nacimiento de la iglesia.`Bien analizado, ni el AT da base para un derecho divino de Israel a determinado territorio hoy, ni mucho menos la da el NT.  Ese error sólo entorpece el análisis del problema entre los israelíes y los palestinos. Ese conflicto debe analizarse, como cualquier otro conflicto político, por los mismos factores históricos, sociales, económicos y éticos, en términos de justicia y promoción de la vida.









[1] De hecho, Dios quiere que todos tengan suficiente tierra para una vida digna. Apenas crea a Adán y le prepara una finquita.

[2] Obviamente, cuando las palabras "siempre" o "eterno" aparecen en las traducciones, es interpretación del traductor. Tampoco se refiere el término al "siglo" como período de cien años.

[3] Sólo en Éxodo se describe como "eterno" ("siempre", perpetuo, Y oLaM) la vida de un esclavo (21:6; cf. Dt 15:17), las instrucciones para el aceite de la lámpara (27:21), la ofrenda elevada con el pecho para los sacerdotes (29:28) y la unción para el sacerdocio perpetuo (40:15), la tela para los calzoncillos del Sumo Sacerdote (28:42) y su deber de lavar sus manos y sus pies (30:21; para más ejemplos de Éxodo y de otros libros, búsquese bajo "estatuto perpetuo" en la Concordancia). Las doce piedras en el Jordán eran "un recuerdo permanente" para Israel (Jos 4:7) y el sacerdocio de los hijos de Elí, que Dios declaró "eterno", poco después fue invalidado por Dios mismo y la familia de Elí "condenada para siempre" (1 Sam 2:20;  3:13-14).

[4] Básicamente, lo que hoy llamamos "leyes naturales" la Biblia considera "pactos de Dios con la creación"/ La diferencia es que un pacto tiene carácter personal y es condicional. El pacto con la creación también nos exige obediencia.



[5] Según Rom 4:13, Dios le prometíó a Abraham que sería heredero del mundo (ho kosmos). La promesa similar en Sal 2:8 se interpretaba cristológicamente en el NT.


UN RECORRIDO HISTORICO DE LAS BIBLIAS EN ESPAÑOL


Nos interesa saber algo de la historia de la Biblia en el idioma castellano, puesto que este tema se relaciona con varias traducciones corrientes de la Biblia que son de valor en el estudio de ella.
1.     Versiones primitivas
Primero estudiaremos algo sobre las versiones más antiguas en el idioma castellano.
i.     Primeras referencias
La primera referencia que tenemos a una versión de las sagradas Escrituras en el idioma español en su forma vulgar, aunque no poseemos ninguna parte de ella, está contenida en un decreto de 1233, de Juan I, rey de Aragón, en el sentido de que nadie, ya fuera clérigo o laico, poseyera en su casa, o leyera, alguna versión del Antiguo o del Nuevo Testamentos en la forma vulgar.
Este decreto indica la existencia de una versión, o quizás más, las que son desconocidas a la historia posterior. Es probable que ha sido destruído todo vestigio de esta versión, o de estas versiones, por la vigilancia de los agentes del rey, afanosos por aplicar al pie de la letra las provisiones del decreto real.
ii.     La Biblia de Alfonso el Sabio (1280). La Biblia Alfonsina
La Biblia Alfonsina parece ser la primera Biblia completa en español. Fue hecha por orden de Alfonso X (1252–1284), rey de Castilla y León que lleva por sobrenombre el Sabio.
Aunque salió en una época tan temprana, ejerció poco efecto sobre la conciencia católica de España, en parte porque aún no existía la imprenta y porque era publicada en forma manuscrita.
iii.     Otras Biblias incompletas
Los manuscritos que tenemos de los tiempos precedentes a la Reforma son incompletos. Entre éstos hay un manuscrito del siglo XV que contiene la primera mitad de la Biblia. De esta versión se dice que el traductor de la parte del Salterio fue un tal Herman, de origen alemán. El otro manuscrito contiene la segunda mitad de la Biblia. Los eruditos encuentran semejanzas entre este texto y el antiguo texto visigótico, versión en el lenguaje vulgar de España antes de que se extendiera el uso de la lengua romance.
Una Biblia temprana, bilingüe, que contiene en una columna la versión de la Vulgata, y en otra la traducción española, es mencionada por J. M. Eguren (Memoria de los códices notables de España, Madrid, 1859). Esta traducción fue hecha por R. Salomón. Existe en un manuscrito incompleto en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (Madrid).
Hay otros manuscritos que vienen de esta época, entre los cuales el más importante es el llamado Biblia del Duque de Alba (Biblia de la Casa de Alba). Esta versión fue hecha por un rabino judío, Moisés Arragel (entre 1422–33?), a petición de Luis Guzmán, Maestre de la orden de Calatrava. Esta Biblia fue publicada apenas recientemente, en el año de 1922, por el duque de Berwick y Alba, en una edición de 300 ejemplares, habiendo pasado quinientos años antes de ser distribuída en forma impresa.
Otra versión de menor importancia es la Biblia de Quiroga, hecha de la Vulgata latina, llamada así porque fue dada por el Cardenal Quiroga a Felipe II (1527–98). Sigue el orden de libros de la Vulgata. Contiene sólo el Antiguo Testamento. Se cree que la tradujo un judío convertido.
También puede mencionarse de paso un manuscrito que contiene los libros desde Proverbios hasta el fin, una traducción hecha para Alfonso V, rey de Aragón (1416–58), también sobre la Vulgata latina.
Una traducción de la Biblia fue hecha por Martín de Lucema (el Macabeo), un judío convertido, a petición de Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Bajo el título de Biblia Medieval Romanceada, fue publicado el Pentateuco, por el Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires (1927).
Algunos otros pocos manuscritos existen que no podemos comentar aquí.
2.     Primeras Biblias impresas
En esta parte notaremos las primeras ediciones impresas de la Biblia en castellano.
i.     Los evangelios litúrgicos de López
Al parecer, la primera porción de la Biblia impresa en castellano fueron los evangelios litúrgicos, en 1490, traducidos por Juan López, dominicano, publicados por Antonio de Centenera, en Zamora (The Book of a Thousand Tongues, pág. 305). Esto fue corregido por Ambrosio de Montesino, sacerdote y escritor español (autor de la obra Comentario de la conquista de Baeza, etc.), y publicado en Toledo, en 1512.
ii.     El Pentateuco
La primera edición de una parte del Antiguo Testamento impresa en castellano fue el Pentateuco, una edición hecha por los judíos, en Venecia, en 1497.
iii.     El Nuevo Testamento de Encinas
Encinas hizo publicar en 1543 su Nuevo Testamento de Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, hecho sobre un texto griego preparado por Erasmo. El impresor fue Esteban Mierdmanno, en Amberes. Dedicó su edición del Nuevo Testamento a Carlos V, quien hizo que su confesor, Fray Pedro Soto, examinara la obra, el cual la condenó. Encinas fue preso en Bruselas, logrando con el tiempo escapar a Inglaterra, y más tarde a Ginebra.
iv.     La Biblia de Ferrara
La primera publicación completa del Antiguo Testamento en castellano fue hecha en Ferrara (Italia), en 1553, por judíos, desterrados de su patria. Esta traducción fue hecha de acuerdo con el hebreo, siguiendo el canon palestino (menos Lamentaciones), sin incluir los libros apócrifos.
Los traductores de esta Biblia fueron dos judíos portugueses, Abraham Usque (Eduardo Pinhel), y Yom Tob Atias (Jerónimo de Vargas). La versión no fue original, sino que fue arreglada tomando como base una antigua versión española en manuscrito. Esta versión fue corregida por Menasés ben Israel, en 1630, y por José Atias, en 1661.
v.     El Nuevo Testamento de Juan Pérez
Otro Nuevo Testamento apareció en castellano en el año 1556, traducido por Juan Pérez de Pineda, y publicado por Jean Crispin, en Ginebra. Por la semejanza de esta edición de Pérez a la de Encinas, y por algo que Cipriano de Valera dijo sobre lo mismo, creemos que es probable que la obra de Pérez fue mayormente la de impresión y no de traducción. Dijo Valera: “El doctor Juan Pérez, de pía memoria, año de 1556, imprimió el Testamento nuevo, y un Julián Hernández, movido con el zelo de aprovechar a su nación, llevó muy muchos destos Testamentos y los distribuyó en Sevilla, año de 1557.” Tiene este autor tres obras en el Indice de libros prohibidos y expurgados.
vi.     La Biblia de Reina y Valera
Así me refiero a la obra de traducción y revisión de los dos eruditos españoles Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.
a.     Casiodoro de Reina
Casiodoro de Reina (Regno) es el que ha hecho la obra de mayor importancia en la traducción de la Biblia. Esta obra le llevó doce años de trabajos constantes y arduos. Está hecha de acuerdo con el texto hebreo para el Antiguo Testamento y el texto griego para el Nuevo Testamento.
Nacido en Sevilla, Reina estudió en un monasterio. Tuvo que salir de España en 1559 por razones de conciencia, y se radicó en Inglaterra. Publicó en 1569, en Basilea, su edición de las Escrituras (impresor T. Guarinus). Fue costeada esta edición con un donativo que había hecho el difunto Juan Pérez en su testamento (muerto ya en la peste, en 1553).
Al alto carácter literario de esta edición lo testifica el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano: “Está escrita en lenguaje puro y correcto” (Artículo, Casiodoro de Reina). Respecto a lo mismo dice Menéndez y Pelayo: “Sobrepuja a las versiones de Felipe Scío y Torres Amat” (cit. por Varetto, Las Biblias en Castellano, pág. 22). Con referencia a esta versión, y las de Encinas, y Pérez, dice Lamy: “Dichas versiones están bien desempeñadas y hacen un gran honor a la nación española y la colocan por esta razón en un grado superior a las naciones cultas de Europa, pues todos saben que dichas versiones forman una de las épocas más gloriosas de la literatura española de aquellos siglos” (cit. por Varetto, ob. cit., pág. 26).
Esta edición lleva a veces el título de la Biblia del oso, porque los primeros ejemplares llevaron en la portada la figura de un oso que saca miel de un agujero en un árbol, tapado por un tonel sostenido de una rama. En el fondo, sobre la tierra, está una Biblia abierta, con la palabra Jehová escrita en letras hebreas. Sobre las páginas de la Biblia reposan abejas, que de ella sacan la miel, la que llevan y depositan en el árbol, desde donde es sacada por el oso, alrededor del cual vuelan las abejas. Esto podría representar el hecho de que de la Biblia el creyente saca la palabra de Dios, cual miel dulce que la naturaleza brinda libremente al hambriento.
b.     Cipriano de Valera
La edición de Reina constaba de unos 2600 ejemplares, muchos de los cuales fueron secuestrados por los agentes de la Inquisición, y pronto se agotó. Una nueva edición, que fue poco más que una revisión de la versión de Reina, fue hecha por Cipriano de Valera, quien trabajó durante veinte años. En 1596 publicó el Nuevo Testamento en Londres, por medio del impresor Richard Field (Ricardo del Campo). En 1602 hizo publicar la Biblia entera en Amsterdam, siendo el impresor Lorenco Iacobi.
La versión combinada de Reina y Valera ha sido la que mayor influencia ha ejercido en el elemento evangélico de habla española. Muchas nuevas revisiones y ediciones han sido hechas, mayormente por las sociedades bíblicas, pero poco se diferencian entre sí. En 1806 se publicó una edición del Nuevo Testamento de Reina y Valera hecha por la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, y en 1861 fue publicada una edición de la Biblia entera. La Sociedad Bíblica Americana hizo una edición del Nuevo Testamento en 1845, y de la Biblia en 1865. El texto de Reina y Valera que en la actualidad (1953) circula en las ediciones corrientes es uno preparado por J. B. Cabrera y C. Tornos (1909).
3.     Biblias Católicas
Los católicos de España tardaron más en hacer circular la Biblia en la forma vulgar del idioma, que los católicos de otros países, como los de Francia en 1550 (Versión de Lovaina), y los de Inglaterra en 1582–1610 (Reims y Douai).


i.     Versiones católicas antes de Scío
Cabe señalar que antes de Scío hubo traducciones de porciones de las Escrituras, la mayor parte de las cuales no llegaron a ser publicadas. Ya nos hemos referido a los evangelios litúrgicos de López, que fueron impresos en 1490. Otros manuscritos nos han sido heredados de los tiempos entre 1500 y 1793, cuando la versión de Scío salió.
Entre las versiones que hubo antes de la de Scío figuran los siguientes manuscritos: un manuscrito en la Biblioteca del Escorial, una traducción anónima de los cuatro evangelios, no publicado; un manuscrito de una traducción por Juan de Robles (siglo XVI), no publicado; una traducción de los evangelios de Mateo y de Lucas, de Fray José de Sigüenza (1540 o 1544–1606), no publicado. Existen también traducciones de los Salmos, y otras porciones de la Biblia, como una del Apocalipsis hecha por Gregorio López.
ii.     La Biblia de Scío
La primera versión entera impresa por los católicos es la de Felipe Scío de San Miguel, publicada en Valencia en 1790–93, siendo los impresores José y Tomás de Orga. No sólo fue ésta la primera Biblia en idioma castellano impresa por los católicos, sino que fue la primera Biblia impresa en España, habiendo sido impresas en el extranjero todas las otras que se originaron antes.
La primera edición de la Biblia de Scío fue de diez tomos, una obra muy costosa, que por ésta, si no por otra razón, no hizo mucha impresión en el pueblo español. Esta se compara con la edición italiana de Antonio Martini, de 1781, aprobada por la autoridad eclesiástica, que salió en veintitrés tomos.
La Sociedad Bíblica Americana ha hecho publicar ediciones de la versión de Scío, del Nuevo Testamento en 1819, y de la Biblia en 1824. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera publicó una edición del Nuevo Testamento en Barcelona en 1820, y de la Biblia entera en Londres en 1821.
iii.     La Biblia de Torres Amat
El siguiente traductor católico que debemos comentar es Félix Torres Amat, que en 1825 hizo publicar en Madrid (impresor León Amarita) una edición de la Biblia, con notas, que ha pasado por muchas ediciones. Esta traducción vino en respuesta a la necesidad de una traducción hecha sobre el hebreo y el griego, y fue encargada por Carlos IV.
iv.     La Biblia de Nácar y Colunga
Una edición de la Biblia que ha salido recientemente, con la debida licencia eclesiástica, es la Sagrada Biblia, por Eloino Nácar Fuster, y Alberto Colunga, publicada en Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1947, una edición con notas. Es una versión de mucho valor.

v.     La Biblia de Bover y Cantera
Otra edición nueva es la Sagrada Biblia, una versión crítica sobre los textos hebreo y griego, por José María Bover, y Francisco Cantera Burgos. Esta versión es excelente, y da muestra de erudición, y de atención escrupulosa al sentido de los idiomas originales. La casa publicadora es la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, y la fecha es de 1947.
4.     Versiones Modernas
i.     La Versión Bautista
La llamada Versión Bautista salió en 1855, en Edinburgo, en la parte de los evangelios, preparados bajo los auspicios de la Unión Bíblica Americana. El Nuevo Testamento entero salió en 1858.
ii.     La Versión Moderna
La llamada Versión Moderna se publicó entre 1876–93. H. B. Pratt, misionero en Colombia, hizo una traducción de los Salmos, la que publicó en 1876, en Bucarmanga, Colombia. En 1877 salió el Evangelio de Mateo, y en 1886 el Génesis, publicados por medio de la Sociedad Bíblica Americana. En 1888, en una conferencia misionera en la Ciudad de México, fue nombrada una comisión para cooperar con Pratt en la traducción de toda la Biblia. En 1893 la Sociedad Bíblica Americana publicó la Biblia entera de Pratt. En 1929 se hizo una edición corregida de la misma.
iii.     La Versión de Fliedner
La Versión de Fliedner consiste de porciones del Nuevo Testamento, traducido por F. Fliedner, pastor luterano en España. El Evangelio de Mateo fue publicado en 1885 (Librería Nacional y Extranjera, Madrid); Lucas, 1886; Marcos, 1887; Juan y los Hechos, 1889; Romanos y Corintios, 1895; Efesios-Filemón, 1899–1900.
iv.     La Versión Hispano-Americana
Una de las versiones más importantes es la Versión Hispano-Americana, basada en el texto griego de Nestle que es un buen texto, aunque no el mejor. Fue empezada con una publicación de los evangelios en 1910 por la Sociedad Bíblica Americana, traducida por F. Díaz, V. D. Báez, H. C. Thomson, C. W. Drees, y J. Howland. Estos representaban al grupo americano. El mismo año fue publicado por la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, en Madrid, el Evangelio de Mateo, traducido por J. B. Cabrera, C. Tornos, C. Araujo, W. B. Douglas, G. Fliedner, F. G. Smith, H. Payne, y W. T. Rhodes. Estos representaban a España.
El propósito de estas dos versiones, una de España y otra de América, publicadas al mismo tiempo, fue hacer una versión que satisficiera las necesidades de todo el mundo de habla española.
El Nuevo Testamento entero, publicado por las dos sociedades bíblicas, salió en 1916. La comisión que llevó a cabo esta obra de traducción fue compuesta de algunos de los hombres mencionados arriba: Drees, Thomson, Báez, Douglas, Cabrera, Smith, y Araujo, con la adición de Enrique Lindegaard.
La Versión Hispano-Americana es una versión que tiene muchas cosas buenas: lucidez de estilo, modernidad de lenguaje, un buen texto griego en el fondo, etc. Pero ha de reconocerse que no ha tenido la recepción que sus autores esperaban.
v.     La Versión de Pablo Besson
La Versión de Pablo Besson fue publicada en Buenos Aires en 1919 (Talleres Gráficos “Schenone”).
Pablo Besson, por su preparación y erudición, estaba bien calificado para hacer una traducción del Nuevo Testamento: estudió en Europa con los conocidos sabios F. Godet, F. Delitzsch, y C. Tischendorf, y siguió después durante toda su vida sus hábitos de investigar y escribir.
La Versión de Pablo Besson sufre un defecto en el texto por la preferencia de este traductor por el Texto Recibido.1 Aun así, la versión merece nuestro aprecio como instrumento de estudio bíblico, dada la erudición de su autor.
5.     Conclusión. Porvenir de la Biblia en español
No existe en español ningún texto fijo, como el del Rey Jaime (Versión Autorizada) en inglés que ha quedado sin otros cambios que los de la ortografía durante más de 300 años como la Biblia preferida por el pueblo común. La falta de tal texto es debido a que han sido hechas muchas revisiones de la versión de Cipriano de Valera, y los cambios que han sido introducidos son mucho más importantes de los que se hallan en la correspondiente versión popular en inglés.
Para mí es una buena cosa que la versión de Cipriano de Valera haya sido cambiada, aun en lo poco que se ha cambiado, por cuanto las modificaciones y mejoramientos en la versión corriente del pueblo, introducidos con el fin de hacer más comprensible el lenguaje de la versión, impiden que la Biblia llegue a ser ininteligible para el pueblo común. Nuevas traducciones de la Biblia deben salir en cada generación. Estas deben llevar en sí los resultados de las conclusiones de los sabios en cuanto al texto y en cuanto a la interpretación, así como la modernización del lenguaje. Así se evita que el idioma de la Biblia llegue a ser muerto y anticuado.
El origen de todos los períodos de estancamiento religioso y espiritual se ha debido a que la Biblia ha sido retirada del pueblo, generalmente porque el idioma en que estaba escrita llegó a ser desconocido para el pueblo. Tal efecto nefasto puede producirse cuando la autoridad eclesiástica sanciona y aprueba cierto texto como el único y autorizado, y no permite que nuevas revisiones sean hechas. Con el correr del tiempo el lenguaje popular del pueblo cambia, pero el texto aprobado permanece igual, cual frío monumento que lleva epitafios de hombres grandes pero difuntos. Aunque el pueblo admire el arte con que han sido escritos, aunque se deleite en sus hermosas y clásicas frases e idiotismos, no se va a conmover en lo íntimo de su ser con leer sus ininteligibles dichos.
Dios habla al hombre humilde y sencillo en el lenguaje diario a que él está acostumbrado. Me refiero a aquel intercambio diario que existe entre el hombre sincero y religioso, y el Ser Supremo, en los problemas de su trabajo, en las enfermedades de sus hijos, en las relaciones con sus semejantes. En este lenguaje diario, moderno y corriente, debe hablar Dios al hombre en las páginas del Nuevo Testamento.
El poder de la reforma en Alemania fue la Biblia de Lutero, hecha al alcance del pueblo en el idioma corriente de aquel tiempo, por medio del cual Dios hablaba al pueblo en el lenguaje que entendía. El éxito de la reforma en Inglaterra, y la fuente del interés moderno en la evangelización y en la obra misionera, tuvo su fuente en las versiones escritas en la forma vulgar del idioma, las de Juan Wiclif, Guillermo Tindale, Miles Coverdale, y otros, y especialmente en la Versión Autorizada de 1611. Si en España el pueblo hubiese tenido acceso a la versión de Reina y Valera, que reflejaba fielmente la manera de hablar del pueblo de su época, habría habido una reforma de religión que hubiera puesto a España a la vanguardia en la carrera espiritual que seguía la civilización occidental en la época del renacimiento.
La Biblia en el idioma del pueblo es la meta a la cual el cristianismo debe siempre dirigirse, y para alcanzar este ideal, deben levantarse siempre nuevos traductores. Estos deben conocer a fondo su propio idioma. Deben beber profundamente de las fuentes originales. También deben familiarizarse con la espléndida herencia que nos han dejado los traductores del pasado, y los comentaristas bíblicos, en francés, en alemán, y en inglés, para que el idioma castellano tenga una versión fiel al pensamiento del autor sagrado, así como adecuada para el anuncio de este pensamiento al mundo.
En fin, ninguno de los textos nuevos tiene mucha esperanza de suplantar las diferentes ediciones de Cipriano de Valera que circulan entre las iglesias, ni las han de suplantar. Son mejores, desde el punto de vista del texto griego y de la interpretación, pero no satisfacen al pueblo, ni a los mismos pastores, que siguen leyendo desde el púlpito la antigua versión.
Creo que la falta de un buen texto moderno, que se adapte a las exigencias de nuestro ambiente, se debe a dos cosas, y corresponde a la misma situación que existe en el inglés: Por una parte hay una exagerada actitud conservadora en corregir el antiguo texto de Reina y Valera, en aquellas nuevas ediciones de él que han salido; y por otra parte hay una desviación demasiado radical en las versiones nuevas que han salido. Por supuesto, una versión nueva, que nada tiene que ver con la antigua, es siempre buena, y ha de contribuir al fondo que tenemos de conocimientos bíblicos. Pero no ha de pensarse que este nuevo texto llegue al corazón del pueblo, existiendo otro texto más viejo, muy leído, y más o menos inteligible.
En inglés existen muchas versiones modernas, las de Weymouth, Montgomery, Goodspeed, Moffatt, etc., las que tienen su lugar. Pero no ofrecen competencia a la Versión Autorizada. Los cambios son demasiado grandes. En cambio, en los esfuerzos para hacer una revisión de la Versión Autorizada del inglés, ha sido cometido el primer mencionado error, el de no ser suficientemente enérgico en la modernización del antiguo texto. Ni la English Revised Version, de 1885, ni la American Standard Version, de 1901, satisficieron la conciencia cristiana de habla inglesa, ni tampoco a los eruditos que abogaban por algo que contuviera los resultados de los estudios modernos.
Ha salido una versión en inglés, la Revised Standard Version, hecha por una comisión de estudiosos norteamericanos y británicos. Esta versión tiene como norma el conservar el elegante y clásico estilo del inglés de la antigua versión, pero con una debida atención a las conclusiones de la ciencia moderna del texto y de la interpretación. El resultado es algo que da gusto leer. Creo que es lo mejor que se ha hecho en el inglés.
Me parece que igual cosa podría hacerse en el castellano. Se podría formar una comisión que fuera compuesta de estudiantes bien versados en griego y castellano, representativos de los diversos países de habla española donde trabajan, quienes procederían a corregir la antigua versión de Reina y Valera, a la luz de los progresos hechos en las ciencias bíblicas, teniendo en cuenta los cambios que han sido hechos en el idioma, conservando a la vez lo clásico en la antigua versión. Sería necesario proceder con energía en divorciar del texto todo vestigio de lo anticuado y lo erróneo. Y luego sería preciso dejar de publicar el antiguo texto y comenzar a publicar el nuevo.


ob. cit. obra citada (referente a la obra de un autor que ha sido citada anteriormente).
1 Texto Recepto (Recibido), versión del Nuevo Testamento en griego impresa por los hermanos Elzevir, en 1624. Era basado sobre un texto de Erasmo, y otras ediciones anteriores. Era considerado durante largo tiempo como una versión modelo, aunque es una versión inferior.

domingo, 11 de marzo de 2012

UNA REFLEXIÓN SOBRE “LA IGLESIA PRIMITIVA Y SUS DOCTRINAS BÁSICAS”

La palabra griega que las versiones en español traduce iglesia es eclesía, que procede de la palabra hebrea caleo («yo llamo»). En la literatura secular la palabra eclesía se refiere a cualquier tipo de asamblea de personas, pero en el Nuevo Testamento la palabra tiene un significado más especializado. La literatura secular usaba esta palabra eclesía para denotar cualquier tumulto, concentración política, una orgía, o cualquier reunión con cualquier propósito. Pero el Nuevo Testamento usa eclesía para referirse únicamente a la reunión de cristianos congregados para adorar a Cristo. Por esto los traductores de la Biblia usan el término iglesia en lugar de usar un término más general tal como asamblea.
¿Qué es la iglesia? ¿Quiénes integran esta «asamblea»? ¿Qué quiere decir Pablo cuando llama a la iglesia el «cuerpo de Cristo»?
Para responder a cabalidad estas preguntas necesitamos comprender el contexto social e histórico de la iglesia del Nuevo Testamento. La iglesia primitiva surgió en la encrucijada de las culturas hebrea y helenista. Ya hemos estudiado estas culturas en dos artículos previos: «Los judíos en tiempos del Nuevo Testamento», y «Los griegos y el helenismo».
En este artículo dirigimos nuestra atención a la historia de la iglesia primitiva en sí misma. Veremos lo que los primeros cristianos entendieron como su misión, y cómo los inconversos la consideraron.
I. Fundación de la iglesia.
Cuarenta días después de su resurrección Jesús dio sus instrucciones finales a sus discípulos y ascendió al cielo (Hch 1.1–11). Los discípulos regresaron a Jerusalén, y se retiraron por varios días para ayunar y orar, esperando al Espíritu Santo que Jesús dijo que vendría. Alrededor de 120 seguidores de Jesús esperaban en ese grupo.
Cincuenta días después de la Pascua, en el día de Pentecostés, un estruendo como de un viento recio que soplaba llenó la casa donde estaba el grupo reunido. Lenguas como de fuego se posaron sobre cada persona, y ellos empezaron a hablar en otros idiomas según el Espíritu Santo les daba que hablaran. Los visitantes extranjeros se sorprendieron al oír a los discípulos hablar en sus idiomas nativos. Algunos se burlaron del grupo, diciendo que estaban borrachos (Hch 2.13).
Pero Pedro hizo callar a la multitud, y explicó que lo que estaban presenciando era el derramamiento del Espíritu Santo que habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento (Hch 2.16–21; cf. Jl 2.28–32). Algunos de los visitantes extranjeros preguntaron qué debían hacer para recibir el Espíritu Santo. Pedro dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2.38). Alrededor de tres mil personas recibieron a Cristo como Salvador personal aquel día.
Por varios años Jerusalén fue el centro de la iglesia. Muchos judíos creían que los seguidores de Jesús eran nada más que otra secta dentro del judaísmo. Sospechaban que los cristianos estaban tratando de empezar una nueva «religión de misterio» alrededor de Jesús de Nazaret.
Es cierto que muchos de los primeros cristianos continuaron adorando en el templo (cf. Hch 3.1), y algunos insistieron en que los gentiles convertidos debían circuncidarse (cf. Hch 15). Pero los líderes judíos pronto se dieron cuenta de que los cristianos eran más que una secta. Jesús les había dicho a los judíos que Dios haría un nuevo pacto con el pueblo que le era fiel (Mt 16.18); El había sellado este pacto con su propia sangre (Lc 22.20). Así que los primeros cristianos intrépidamente proclamaban que habían heredado los privilegios que una vez pertenecieron a Israel. No eran sencillamente una parte de Israel; era el nuevo Israel (Ap 3.12; 21.2; cf. Mt 26.28; He 8.8; 9.15). «Los líderes judíos se estremecían de miedo de que esta nueva y extraña enseñanza no era judaísmo estrecho, sino que extendía a todos los hombres el privilegio de Israel en la alta revelación de un Padre de todo».
A. La comunidad en Jerusalén.
Los primeros creyentes formaron una comunidad estrecha en Jerusalén, después del día de Pentecostés. Esperaban que Cristo retornara muy pronto.
Este grupo compartía sus bienes materiales (Hch 2.44–45). Muchos vendieron sus propiedades y dieron a la iglesia el producto de la venta, la cual distribuía los recursos (Hch 4.34–35).
Los cristianos de Jerusalén todavía iban al templo a orar (Hch 2.46), pero empezaron a celebrar la Cena del Señor en sus propios hogares (Hch 2.42–46). Esta comida simbólica les recordaba su nuevo pacto con Dios, el cual Jesucristo había hecho al sacrificar su propio cuerpo y sangre.
Dios obraba milagros de sanidad por medio de estos primeros cristianos. Los enfermos se reunían en el templo para que los apóstoles pudieran tocarlos al acudir a la oración (Hch 5.12–16). Estos milagros convencieron a muchos que los cristianos verdaderamente estaban sirviendo a Dios. Los oficiales del templo arrestaron a los apóstoles, en un esfuerzo por suprimir el interés del pueblo en esta nueva religión. Pero Dios envió un ángel para librar de la cárcel a los apóstoles (Hch 5.17–20), lo cual produjo más emoción.
La iglesia creció tan rápidamente que los apóstoles tuvieron que nombrar siete hombres para que distribuyeran las provisiones a las viudas necesitadas. El líder de estos hombres era Esteban, «varón lleno de fe y del Espíritu Santo» (Hch 6.5). Aquí vemos el principio del gobierno de la iglesia. Los apóstoles tuvieron que delegar en otros líderes algunas tareas. Con el paso del tiempo, los oficios de la iglesia se organizaron en una estructura más bien compleja.
B. El asesinato de Esteban.
Un día un grupo de judíos arrestó a Esteban y le llevaron ante el concilio del sumo sacerdote, acusándole de blasfemia. Esteban hizo una elocuente defensa de la fe cristiana, explicando cómo Jesús cumplió las antiguas profecías en cuanto al Mesías que libraría a su pueblo de la esclavitud del pecado. Denunció a los judíos como «entregadores y matadores» del Hijo de Dios (Hch 7.52). Mirando al cielo exclamó que veía a Jesús a la diestra de Dios (Hch 7.55). Esto enfureció a los judíos, quienes le llevaron fuera de la ciudad y lo apedrearon (Hch 7.58–60).
Esto dio comienzo a una oleada de persecución que obligó a muchos cristianos a salir de Jerusalén (Hch 8.1). Algunos se establecieron entre los gentiles en Samaria, donde convirtieron a muchos (Hch 8.5–8). Establecieron congregaciones en varias ciudades gentiles, tales como Antioquía de Siria. Al principio los cristianos vacilaron en recibir a los gentiles en la iglesia, porque lo veían como un cumplimiento de la profecía judía. Sin embargo, Jesús había instruido a sus seguidores: «haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28.19). Así que la conversión de los gentiles era «nada más que el cumplimiento de la comisión del Señor, y el resultado natural de todo lo que había ocurrido antes». Así que el asesinato de Esteban dio comienzo a una era de rápida expansión de la iglesia.
II. Esfuerzos misioneros.
Cristo había establecido su iglesia en la encrucijada del mundo antiguo. Las rutas comerciales traían comerciantes y embajadores a Palestina, en donde entraban en contacto con el evangelio. Así en el libro de Hechos vemos la conversión de oficiales de roma (Hch 10.1.48), Etiopía (Hch 8.26–40) y de otras tierras.
Poco después de la muerte de Esteban empezó un esfuerzo sistemático para llevar el evangelio a otras naciones. Pedro visitó las principales ciudades de Palestina, predicando tanto a judíos como a gentiles. Otros fueron a Fenicia, Chipre y Antioquía de Siria. Oyendo que el evangelio era bien recibido en esas regiones, la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé para animar a los nuevos creyentes en Antioquía (Hch 11.22–23). Bernabé entonces fue a Tarso para buscar a un joven convertido llamado Saulo. Bernabé llevó a Saulo de regreso a Antioquía, en donde enseñaron a la iglesia por más de un año (Hch 11.26).
Un profeta llamado Agabo predijo que el imperio romano sufriría una gran hambruna en tiempo del emperador Claudio. Herodes Agripa estaba persiguiendo a la iglesia de Jerusalén; ya había ejecutado a Jacobo el hermano de Jesús, y había echado a Pedro en la cárcel (Hch 12.1–4). Así que los cristianos de Antioquía recogieron una ofrenda monetaria para enviarla a los creyentes de Jerusalén, y la enviaron por medio de Bernabé y Saulo. Estos regresaron a Jerusalén con un joven llamado Juan Marcos (Hch 12.25).
Para entonces varios evangelistas habían surgido dentro de la iglesia en Antioquía, así que la congregación envió a Bernabé y a Saulo en un viaje misionero a Asia Menor (Hch 13–14). Este fue el primero de tres grandes viajes misioneros que Saulo (más adelante conocido como Pablo) hizo para llevar el evangelio hasta los rincones del imperio romano. (Véase «Pablo y sus viajes».)
Los primeros misioneros cristianos se concentraban en las enseñanzas sobre la persona y obra de Jesucristo. Declaraban que era el Siervo e Hijo de Dios, sin pecado, que había dado su vida para expiar los pecados de todos los que pusieran su fe en Él (Ro 5.8–10). Dios lo había resucitado para derrotar a los poderes del pecado (Ro 4.24–25; 1 Co 15.17). Véase una descripción más detallada de las doctrinas de la iglesia primitiva en «Historia de la Biblia».
III. Gobierno de la iglesia.
Al principio los seguidores de Jesús no vieron ninguna necesidad de desarrollar un sistema de gobierno de la iglesia. Esperaban que Cristo regresara pronto, así que resolvían los problemas internos conforme surgían; generalmente de manera muy informal.
Cuando Pablo escribió sus cartas a las iglesias, ya los cristianos se daban cuenta de que necesitaban organizar su trabajo. El Nuevo Testamento no da ningún cuadro detallado del gobierno de la iglesia primitiva. Al parecer, uno o más ancianos (presbíteros) presidían sobre los asuntos de cada congregación (cf. Ro 12.6–8; 1 Ts 5.12; He 13.7, 17, 24), así como los ancianos presidían en la sinagoga judía. Estos ancianos eran escogidos por el Espíritu Santo (Hch 20.20), sin embargo los apóstoles los nombraban (Hch 14.13). De este modo el Espíritu Santo obraba por medio de los apóstoles para ordenar líderes para el ministerio. Parece que algunos ministros llamados evangelistas viajaban de una congregación a otra, así como los apóstoles. Su título quiere decir «hombres que manejan el evangelio». Algunos han pensado que eran delegados personales de los apóstoles, como Timoteo lo fue de Pablo; otros suponen que se ganaron el nombre al manifestar un don especial de evangelización. Los ancianos asumían los deberes pastorales normales entre las visitas de estos evangelistas.
En algunas congregaciones las iglesias nombraron diáconos para distribuir provisiones a los necesitados y para atender otros asuntos materiales (cf. 1 Tim 3.12). Los primeros diáconos fueron los hombres «de buen testimonio» que los ancianos de Jerusalén nombraron para que atendieran a las viudas de la congregación (Hch 6.1–6).
Algunas cartas del Nuevo Testamento se refieren al obispo de las iglesias primitivas. Este término se presta a confusión, puesto que estos «obispos» no constituían el rango superior del liderazgo de la iglesia como ocurre en algunas iglesias que usan ese título hoy. Pablo les recordó a los ancianos de Éfeso que eran obispos (Hch 20.28), y parece que usa los términos anciano y obispo en forma intercambiable (Tit 1.5–9). Tanto obispos como ancianos estaban a cargo de supervisar a la congregación. Al parecer ambos términos se refieren a los mismos ministros de la iglesia primitiva, es decir, los presbíteros.
Pablo y los otros apóstoles reconocieron que el Espíritu Santo les daba a algunas personas cierta capacidad especial de liderazgo (1 Co 12.28). Así que cuando le daban a algún creyente un título oficial, estaban confirmando lo que el Espíritu Santo ya había hecho.
En la iglesia primitiva no había centro terrenal de poder. Los cristianos comprendían que Cristo era el centro y fuente de todos sus poderes (Hch 20.28). Ministerio quería decir servir en humildad, antes que dictar órdenes desde una oficina encumbrada (cf. Mt 20.26–28). Cuando Pablo escribió sus epístolas pastorales, los cristianos ya reconocían la importancia de presentar las enseñanzas de Cristo mediante ministros que se dedicaban al estudio especial que «usa[n] bien la palabra de verdad» (2 Tim 2.15).
La iglesia primitiva no ofrecía poderes mágicos a los individuos mediante rituales o de alguna otra manera. Los cristianos invitaban a los incrédulos a su grupo, el cuerpo de Cristo (Ef 1.23), el cual sería salvo como un todo. Los apóstoles y evangelistas proclamaban que Cristo retornaría por su pueblo, «la esposa de Cristo» (cf. Ap 21.2; 22.17). Negaban que los individuos pudieran ganar poderes especiales de Cristo para sus propios fines egoístas (Hch 8.9–24; 13.7–12).
IV. Modelos de adoración.
Al adorar congregados los primeros cristianos establecieron modelos de adoración que fueron muy diferentes de los servicios en la sinagoga. No tenemos un cuadro claro de la adoración cristiana primitiva hasta el año 150 d.C., cuando Justino Mártir describió en sus escritos los cultos típicos de adoración. Sabemos que los primeros cristianos celebraban sus reuniones el domingo, el primer día de la semana. Lo llamaron «el día del Señor», porque fue el día en que Cristo resucitó de los muertos. Los primeros cristianos se reunían en el templo en Jerusalén, en las sinagogas y en los hogares (Hch 2.46; 13.14–16; 20.7–8). Algunos eruditos piensan que la referencia a Pablo enseñando en «la escuela de uno llamado Tiranno» (Hch 19.9) indica que los primeros cristianos algunas veces rentaron escuelas u otros edificios. Por más de un siglo después de Cristo no tenemos evidencia de que los cristianos hayan construido edificios especiales para sus cultos de adoración. Donde eran perseguidos, tenían que reunirse en lugares secretos, tales como las catacumbas (tumbas subterráneas) en Roma.
Los eruditos creen que los primeros cristianos adoraban los domingos al anochecer, y que su culto giraba alrededor de la Cena del Señor. Pero en algún punto los cristianos empezaron a tener dos cultos los domingos, como lo describe Justino Mártir, uno temprano en la mañana y al caer la tarde. Las horas se escogían en secreto y para favorecer a las personas que trabajaban y que no podían asistir a los servicios durante el día.
A. Orden de la adoración.
Generalmente el culto de la mañana era un tiempo de alabanza, oración y predicación. El culto de adoración espontáneo del día de Pentecostés, sugiere un modelo que tal vez se usaba en general. Primero, Pedro leyó las Escrituras. Luego predicó un sermón que aplicaba las Escrituras a la situación presente de los fieles (Hch 2.14–42). La gente que recibía a Cristo era bautizada, siguiendo el ejemplo del mismo Cristo. Los fieles participaban en cantos, testimonios y palabras de exhortación para completar el culto (1 Co 14.26).
B. La Cena del Señor.
Los primeros cristianos comían la comida simbólica llamada la Cena del señor para conmemorar la última cena, en la cual Jesús y sus discípulos celebraron la fiesta judía tradicional de la Pascua. Los temas de las dos celebraciones eran los mismos. En la Pascua, los judíos se alegraban porque Dios los había librado de sus enemigos y miraban con expectación a su futuro como hijos de Dios. En la Cena del Señor, los cristianos celebraban cómo Jesús los había librado del pecado y expresaban su esperanza por el día cuando Cristo retornaría (1 Co 11.26).
Al principio la Cena del Señor consistía de una comida completa que los cristianos comían en los hogares. Cada invitado traía un plato para la mesa común. La comida empezaba con una oración común, y comiendo pedacitos de una sola hogaza de pan que representaba el cuerpo partido de Cristo. La comida concluía con otra oración y la participación de una copa de vino, que representaba la sangre derramada de Cristo.
Algunas personas especulan que los cristianos participaban en un rito secreto al observar la Cena del Señor, y se inventaron historias extrañas respecto a estos cultos. Alrededor del año 100 d.C. el emperador romano Trajano prohibió las reuniones secretas. Entonces los cristianos empezaron a celebrar la Cena del Señor durante los cultos de adoración en la mañana, abiertos al público.
C. El bautismo.
En el tiempo de Pablo el bautismo era un suceso común de la adoración cristiana (cf. Ef 4.5). Sin embargo, los cristianos no fueron los primeros en usar el bautismo. Los judíos bautizaban a los gentiles que se convertían, algunas sectas judías practicaban el bautismo como símbolo de purificación, y Juan el Bautista hizo del bautismo una parte importante de su ministerio. El Nuevo Testamento no dice si Jesús bautizaba regularmente a los que se convertían, pero por lo menos en una ocasión antes del encarcelamiento de Juan se dice que bautizaba. (Puede haber sido, sin embargo, el bautismo de Juan el que administraba.) En cualquier caso, los primeros cristianos eran bautizados en el nombre de Jesús, siguiendo el ejemplo de Jesús (cf. Mc 1.10; Gal 3.27).
Parece ser que los primeros cristianos interpretaron de varias maneras el significado del bautismo: como símbolo de la muerte de la persona al pecado (Ro 6.4; Ga. 2.12), de limpieza de pecados (Hch 22.16; Ef 5.26), y de la nueva vida en Cristo (Hch 2.41; Ro 6.3). Ocasionalmente se bautizaba la familia entera de un nuevo convertido (cf. Hch 11; 16; 1 Co 1.16), que pudiera haber significado el deseo de la persona de consagrar a Cristo todo lo que tenía.
D. El calendario de la iglesia.
El Nuevo Testamento no da evidencia de que la iglesia primitiva celebrara días festivos, aparte de celebrar sus cultos de adoración el primer día de la semana (Hch 20.7; 1 Co 16.2; Ap 1.10). Los cristianos no guardaron el domingo como día de descanso sino hasta el siglo cuarto d.C., cuando el emperador Constantino designó el domingo como día santo para todo el imperio romano. Los primeros cristianos no confundían el domingo con el sábado judío, y no trataron de aplicar al domingo la legislación del sábado.
El historiador Eusebio nos dice que los cristianos celebraron la Pascua de Resurrección desde los tiempos apostólicos; 1 Corintios 5.6–8 tal vez se refiera a tal celebración. La tradición dice que los primeros cristianos celebraron la resurrección en el tiempo de la Pascua judía. Alrededor del año 120 d.C. la iglesia católico romana cambió la celebración al domingo después de la Pascua, mientras que la iglesia Ortodoxa Oriental continuó celebrándola durante la Pascua.
V. Conceptos neotestamentarios de la iglesia.
Es interesante estudiar los varios conceptos neotestamentarios en cuanto a la iglesia. Las Escrituras se refieren a los primeros cristianos como familia y templo de Dios, como rebaño y esposa de Cristo, como sal, levadura, pescadores, baluarte de la verdad de Dios, y de muchas otras maneras. Se pensaba de la iglesia como un solo compañerismo mundial de creyentes, del cual cada congregación local era un resultado y muestra. Los primeros escritores cristianos se refirieron a la iglesia como el «cuerpo de Cristo» y el «nuevo Israel». Estos dos conceptos revelan mucho de la comprensión de los cristianos respecto a su misión en el mundo.
A. El cuerpo de Cristo.
Pablo describe a la iglesia como «un cuerpo en Cristo» (Ro 12.5) y «su cuerpo» (Ef 1.23). En otras palabras, la iglesia abarca en una sola comunidad de vida divina a todos los que están unidos a Cristo por el Espíritu Santo a través de la fe. Ellos son partícipes de su resurrección (Ro 6.8), y son llamados y capacitados para continuar el ministerio de Cristo de servir y sufrir para bendecir a otros (1 Co 12.14–16). Están unidos en una comunidad para encarnar el reino de Dios en el mundo.
Debido a que estaban unidos a otros cristianos, estas personas comprendían que lo que hacían con sus propios cuerpos y capacidades era muy importante (Ro 12.14; 1 Co 6.13–19; 2 Co 5.10). Comprendían que las varias razas y clases llegan a ser una en Cristo (1 Co 12.3; Ef 2.14–22), y deben aceptarse unos a otros de manera que esto se demuestre en la realidad.
Al describir a la iglesia como el cuerpo de Cristo, los primeros cristianos hicieron hincapié en que Cristo era cabeza de la iglesia (Ef 5.25). Cristo dirigía sus acciones y merecía toda alabanza. Todo su poder para adorar y servir era don divino.
B. El nuevo Israel.
Los primeros cristianos se identificaron con Israel, el pueblo escogido de Dios. Creían que la venida y ministerio de Jesús cumplió la promesa de Dios a los patriarcas (cf. Mt 2.6; Lc 1.68; Hch 5.31), y sostenían que Dios había establecido un nuevo pacto con los seguidores de Jesús (cf. 2 Co 3.6; He 7.22; 9.15).
Ellos sostenían, que Dios había establecido su nuevo Israel sobre la base de la salvación personal, antes que por linaje familiar. Su iglesia era una nación espiritual que transcendía todo linaje cultural y nacional. Cualquiera que ponía su fe en el nuevo pacto de Dios al entregarle su vida a Cristo se convertía en descendiente espiritual de Abraham y como tal parte del «nuevo Israel» (Mt 8.11; Lc 13.28–30; Ro 4.9–25; 11; Ga. 3–4; He 11–12).
C. Características comunes.
Algunas cualidades comunes emergen de las varias imágenes de la iglesia que hallamos en el Nuevo Testamento. Todas muestran que la iglesia existe debido a que Dios la hizo existir. Cristo ha comisionado a sus seguidores para que continúen con su obra, y esa es la razón de la existencia de la iglesia.
Las varias imágenes de la iglesia que hallamos en el Nuevo Testamento recalcan que el Espíritu Santo capacita a la iglesia y determina su dirección. Los miembros de ella participan de una tarea común y un destino común bajo la dirección del Espíritu.
La iglesia es una entidad activa, viva. Participa en los asuntos del mundo, exhibe la manera de vida que Dios propuso para toda persona, y proclama la Palabra de Dios para la era presente. La unidad y pureza espiritual de la iglesia está en agudo contraste a la enemistad y corrupción del mundo. Es responsabilidad de la iglesia en cada una de las congregaciones en particular en las que se hace visible, practicar unidad, amor e interés de manera que muestre que Cristo verdaderamente vive en los que son miembros de su cuerpo, de modo que la vida de ellos sea la vida de Cristo en ellos.
VI. Doctrinas del Nuevo Testamento.
La Biblia establece las enseñanzas fundamentales de la fe cristiana. La iglesia primitiva vivió de acuerdo a estas doctrinas y las preservó para nosotros. Enfoquemos nuestra atención en cómo el Nuevo Testamento presenta al cristianismo.
A. Vivir en Cristo.
Primero que nada, se nos dice que Dios el Padre pone a los cristianos en comunión consigo mismo, como hijos en su familia, mediante la muerte y vida resucitada de Jesucristo, el eterno Hijo de Dios. Como Pablo escribió: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Co 5.19). Así el Hijo eterno tomó carne humana. Jesús de Nazaret, plenamente Dios y plenamente hombre, reveló el Padre al mundo. Los primeros cristianos se veían como pueblo «mediante el cual creéis en Dios» (1 P 1.21). Hallaron nueva vida en Jesucristo, y llegaron a estar unidos con el Dios viviente por medio de él (Ro 5.1).
Jesús prometió que, habiendo «nacido de nuevo» los seres humanos hallarían su relación apropiada con Dios y entrarían salvos al reino de Dios (Jn. 3.5–16; 14.6). Los cristianos primitivos proclamaron este sencillo pero asombroso mensaje en cuanto a Jesús.
Toda religión importante del mundo ha proclamado que su «fundador» tenía un conocimiento único respecto a las verdades eternas de la vida. Pero los cristianos afirman incluso más, porque Jesús mismo nos dijo que él es la verdad, no solo uno que enseña la verdad (Jn. 14.6). Los cristianos del primer siglo rechazaron las religiones y filosofías paganas de su día, para aceptar al Verbo de Dios encarnado.
B. Enseñar la doctrina correcta.
La religión pagana de Roma era un rito más que una doctrina. En efecto, el emperador declaraba: «Esto es lo que debes hacer, pero puedes pensar como te plazca». Los fieles romanos creían que necesitaban tan solo realizar las ceremonias apropiadas de la religión, sea que las comprendieran o no. En lo que a ellos atañía, un escéptico hipócrita podía ser tan «religioso» como el creyente verdadero, en tanto ofreciera sacrificio en el templo de los dioses.
Por otro lado, los primeros cristianos insistieron en que tanto la creencia como la conducta son vitales, y que las dos van mano a mano. Tomaron en serio las palabras de Jesús de que «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn. 4.24). Lo que un cristiano creía en su cabeza y sentía en su corazón, lo haría con sus manos. Así que los primeros cristianos obedecían a Dios (1 Jn. 3.22–24), y contradecían y se oponían a los que se llamaban cristianos que trataban de esparcir falsas enseñanzas (cf. 1 Tim 6.3–5).
Esto es esencialmente lo que queremos decir cuando hablamos de cristianismo. Es una nueva vida en Jesucristo, que trae genuina obediencia a sus enseñanzas.
1. La doctrina de Dios.
Casi toda religión importante enseña que algún Ser Superior gobierna el universo, y que la naturaleza demuestra que este Ser todopoderoso está obrando. Estas religiones con frecuencia describen a tal Ser en términos de fuerzas naturales, tales como el viento y la lluvia. Pero los cristianos primitivos no miraban a la naturaleza en busca de la verdad de Dios; miraban a Cristo. Creían que Jesús reveló completamente al Padre celestial (Col 2.9). Así comprendían a Dios en términos de Jesús, y basaban en la vida de Cristo su doctrina de Dios.
a. La trinidad.
Muchos eruditos creen que la doctrina de la Trinidad es el elemento más crucial en la comprensión cristiana de Dios. Los cristianos primitivos confesaban que conocían a Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que estas tres comparten una sola naturaleza divina.
Muchas porciones bíblicas muestran que los cristianos apostólicos comprendieron a Jesús en términos trinitarios. Por ejemplo, Pablo dijo: «Porque por medio de él [Cristo] los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Ef 2.18); describiendo nuestra relación con las tres Personas de la Trinidad. El Nuevo Testamento contiene muchas afirmaciones como esta.
De ninguna manera la doctrina cristiana de la Trinidad concuerda con las enseñanzas paganas de los egipcios, griegos y babilonios. Ni tampoco encaja con las filosofías abstractas de Grecia. Ninguna de éstas ideas, religiosas o filosóficas, pueden compararse con la noción cristiana de Dios, porque los cristianos primitivos conocían que Dios no era el héroe caprichoso de las leyendas ficticias ni una «fuerza» impersonal (1 Co 1.9). Sabían que era el Creador y Señor personal vivo; en realidad, vino a ellos en tres Personas. Sin embargo, seguía siendo solo un Dios.
b. Dios como Padre personal.
Jesús enseñó a sus discípulos que Dios es «Mi Padre y… vuestro Padre» (Jn. 20.17). En otras palabras, les mostró que Dios se interesaba por ellos personalmente, así como un padre humano se preocupa por sus hijos. Se atrevió a hablar a Dios el Creador como un hijo le habla a su padre, y les dijo a sus discípulos que Dios le había dado «todas las cosas» (Mt 11.27).
Jesús explicó que Dios ama a los que le reciben [a Jesús] en sus vidas (Jn. 17.27). Les recordó a sus seguidores que el Padre Dios se preocupa por los detalles más pequeños de sus necesidades diarias (Mt 6.28–32).
Jesucristo enseñó que su Padre es santo, y que él y el Espíritu Santo comparten la misma santidad y actúan en concordancia con ella (Jn. 15.23–26). A diferencia de los dioses de la mitología griega y romana, que eran iracundos e inmorales, el verdadero Dios es justo y recto (Lc 18.19). Interviene para salvar a su pueblo de su pecado. Jesús explicó que para este fin Dios lo había enviado al mundo; trajo la misericordia de Dios a una humanidad pecadora y moribunda, y en él vemos cumplido el propósito santo de Dios (Jn. 15.9–14). De nuevo, vemos a Jesús recalcando el amor personal que Dios tiene por todo ser humano.
Jesús demostró en su propio ministerio este amor. Hizo todo lo posible por hallar personas que sufrían por los efectos del pecado, para poder librarlos. C. G. Montefiore dice: «Los rabinos daban la bienvenida al pecador en su arrepentimiento. Pero ir a buscar al pecador… era algo nuevo en la historia religiosa de Israel».
Jesús estuvo dispuesto a pagar cualquier precio, incluso el precio de la muerte, para salvar a la humanidad de las garras del pecado. Es más, cuando uno de sus discípulos le aconsejó que no lo hiciera, replicó: « ¡Quítate de delante de mí, Satanás!» (Mt 16.23). Jesús demostró que Dios es el gran Rescatador que los profetas del Antiguo Testamento habían descrito (cf. Isa 53).
Jesús también derribó los límites nacionales estrechos que los judíos habían levantado alrededor de Dios. Jesús extendió el amor de Dios a todas las personas, de toda raza y nacionalidad. Envió a sus discípulos «por todo el mundo» para que ganaran a los hombres para Dios (Mr. 16.15). Los cristianos primitivos obedecieron este mandamiento, llevando el evangelio «al judío primeramente, y también al griego» (Ro 1.16).
2. La doctrina de la redención.
Jesús enseñó que Dios redime a los individuos así como a las naciones. Esto fue un pensamiento radicalmente nuevo en el mundo judío. Sin embargo la doctrina de la salvación personal era el corazón de la enseñanza cristiana.
a. El Dios Creador.
La doctrina cristiana de la salvación se erguía sobre el hecho de que Dios creó a la raza humana. Incluso esto era una idea impopular en los días de Jesús.
Muchos filósofos griegos y adeptos a sectas insistían en que Dios no podía haber hecho este mundo malo, y que éste «emanó» de Dios mediante algún proceso natural, así como las olas «emanan» cuando se lanza una piedra en un lago. Pero el Antiguo Testamento mostró que Dios creó el mundo por iniciativa propia. Escogió hacerlo así. Y debido a que Dios creó el mundo, podía tratar con él como quisiera (Isa 40.28; cf. Ro 1.20). Los sectarios creían que las fuerzas del mal habían distorsionado las «emanaciones» de Dios, corrompiendo al mundo. La Biblia enseña que Dios creó al mundo perfectamente, e hizo al hombre a su propia imagen, pero éste escogió rebelarse contra él (Gen 3). Los griegos creían que las fuerzas del bien y del mal tenían al mundo en un impasse; pensaban que el mal había corrompido al bien, y el bien evitaba que el mal se apoderara del control absoluto del mundo. Los cristianos rechazaron esa idea; y enseñaban que el mundo todavía le pertenece a su Creador, y que las fuerzas del mal no pueden finalmente prevalecer. El mal tiene solo la influencia que Dios le permite tener (Ro 2.3–10; 12.17–21).
b. El hombre caído.
Jesús le dio al mundo una nueva comprensión del hombre. Sus seguidores se dieron cuenta de que cada persona es un hijo perdido de Dios que el Padre está tratando de restaurar a la familia, mediante Cristo (Jn. 1.10–13; Ef 2.19).
Los mitos griegos decían que el hombre es una mezcla extraña de espíritu y carne, llevada de aquí para allá por las fuerzas impredecibles del mundo. Los mitos orfeicos (relatos que tienen que ver con el dios griego Orfeo) insistían en que el hombre tenía una naturaleza interna como los dioses. Platón había tomado esta idea en su filosofía del Mundo Alma; opinaba que los seres humanos tenían una chispa de inteligencia divina, y que un hombre se vuelve más semejante a un dios conforme desarrolla su intelecto y capacidad para razonar.
Las Escrituras contradicen esta idea griega sobre el hombre. Sabían que la prueba más importante del carácter de un hombre era su fibra moral, no su intelecto; y en estos términos ¡el hombre ciertamente no podía aducir ser semejante a Dios! «Como está escrito», les dijo Pablo a los cristianos en Roma, «No hay justo, ni aun uno» (Ro 3.10). Los primeros cristianos creían que, aun cuando el hombre es totalmente indigno del amor de Dios, Dios continúa buscándolo y tratando de traerlo de regreso a la comunión santa con El (Ro 5.6–8).
Los primeros predicadores cristianos hablaban claramente sobre la caída del hombre de la gracia de Dios en el huerto del Edén. «Reinó la muerte desde Adán», escribió Pablo, «aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán» (Ro 5.14). «Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Co 15.22, cf. 15.45). Los cristianos creían que el pecado de Adán en el Edén fue el primer acontecimiento clave de la historia humana. Esto quería decir que el hombre era una criatura caída que necesitaba regresar a Dios.
Jesús se entregó a las autoridades judías que se ofendían del mensaje que él trajo al mundo. Le acusaron de «pervertir a la nación» al enseñar a sus seguidores que era el largamente esperado prometido Mesías (Lc 23.2). Jesús no había violado ninguna ley romana, pero el gobernador romano Poncio Pilato permitió que sus soldados ejecutaran a Jesús para apaciguar a los líderes judíos. Jesús no fue culpable de quebrantar ninguna ley ni de Dios ni del hombre; incluso su traidor Judas Iscariote confesó: «Yo he pecado entregando sangre inocente» (Mt 27.4). Sin embargo los centuriones romanos clavaron a Jesús en la cruz como si fuera un criminal común. Es más, Cristo llegó a ser el puro sacrificio de Dios por el pecado del hombre, y los primeros cristianos enfatizaban esto en su predicación y enseñanza (cf. He 10).
c. La resurrección de Jesús.
Los cristianos declaraban que el ministerio de Jesús no había terminado en la cruz, porque Dios levantó a Jesús de la tumba. Jesús ministró entre sus discípulos por varias semanas antes de que Dios le llevara para que se sentara a su diestra en el cielo (Hch 7.56).
Los cristianos primitivos le dijeron al mundo cómo habían sido testigos de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús. Esto electrizó al imperio romano, e hizo que muchas personas consideraran a los cristianos como un grupo de fanáticos (Hch 17.6). Pero Pablo les dijo a sus amigos cristianos: «Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron» (1 Co 15.17–18).
3. El reino de Dios.
Ya hemos notado que Jesús se concentró en la salvación divina del individuo; pero también enseñó que Dios trae a su pueblo a una gran comunidad de redimidos, el dominio de la soberanía salvadora de Dios, a la cual llamó «el Reino de Dios». En este Reino (al presente expresado en la iglesia), Dios requería que su pueblo viviera una vida de amor fraternal. Debían practicar la ética de Cristo y trabajar por la redención de toda la humanidad. Jesús no limitó el Reino a los judíos; explicó que pertenecía a cualquiera «que produzca los frutos de él» (Mt 21.43). El Evangelio de Mateo en particular registra muchas parábolas (ilustraciones de la vida real) sobre el reino; véase especialmente Mateo 20.1–16; 22.2–14; 25.1–30.
Nótese que muchas de estas parábolas señalan al fin de los tiempos, cuando Dios reunirá a todo el pueblo de su reino eterno para reinar con él para siempre. Los primeros evangelistas cristianos recalcaban el mensaje de Jesús acerca del fin de los tiempos, porque creían que vivían en los últimos días. Esto motivó a los cristianos a llevar el evangelio hasta los rincones del imperio romano. Tenían un deseo ardiente de ganar a las almas perdidas para Jesucristo antes de que llegue el fin.